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Predeterminado El ¡Phone que le tenía miedo a las tormentas...

UN RELATO QUE MEZCLA LA TECNOLOGÍA CON LOS FENÓMENOS NATURALES.

Cada cual tiene su locura, y la mía son las tormentas. He visto Twister ( [Solo usuarios registrados pueden ver los links. Hacé click acá para registrarte!] ) unas sesenta mil veces y es la única película que no me enoja que el canal de cable repita sin sosiego. En no menos de tres ocasiones me he salvado de algo feo por un pelito -literalmente-, dada mi costumbre de subir a la terraza a recibir uno de esos frentes gigantescos que en medio de la canícula llegan precedidos de vientos frescos, feroces e indecisos. En el peor de esos eventos, una chapa pasó volando como gigantesca hoja de afeitar a unos centímetros de mi por entonces abundante cabellera adolescente. No escarmenté.

Sí, esta locura mía por las tormentas viene de siempre y, supongo, la heredé de mi madre, que tenía idéntica afición. Pese a que conozco bien los efectos destructivos que algunas de estas tempestades tienen sobre Buenos Aires, efectos que, en otras latitudes, se tornan en pura e inconcebible devastación, sigo subiendo a verlas llegar sin reparar en las consecuencias. Alguien me dijo hace poco: "¿Vos tenés algo con las tormentas, no?" Qué novedad.

Si me gustan los bochornosos veranos porteños es porque conozco su cosecha de ventisca y relámpago, de nubes inmensas, dos veces más altas que el Everest, que se yerguen sobre una Buenos Aires empequeñecida, por fin humilde, expectante. Eso sí, nunca creí que mi iPhone les tuviera miedo.
Dos advertencias

Lo diré de nuevo, antes de continuar, para evitarme el escarnio del que sueña en vano con ser políticamente correcto: ya sé que las grandes tormentas causan terribles daños, y aún así me fascinan. (Tal vez es su poder descomunal lo que me fascina.) Los elefantes son responsables de unas 500 muertes por año y están en el top ten de los animales más mortíferos del mundo ( [Solo usuarios registrados pueden ver los links. Hacé click acá para registrarte!] ), y sin embargo los amo. No soy el único, dicho sea de paso, ¡hasta hacen peluches con ellos!

Segunda cuestión: las tormentas eléctricas, sobre todo en tiempos de calentamiento global, son extremadamente peligrosas. Los rayos lesionan gravemente a muchas personas por año, y en un diez por ciento de los casos causan la muerte. No es una buena idea estar al aire libre cuando una fuerte tormenta eléctrica se sitúa en las cercanías.

Dicho de otro modo, no haga lo que se comenta en las siguientes líneas.
Hábitos tormentosos

Concluido el sermón, diré que hay vicios peores que este de ponerse en el camino de las tempestades para inundar los sentidos con el irreprochable y colosal arrebato de la naturaleza. Empieza por los olores, cambiantes con el viento, pero con la seña particular de la tierra mojada. Las notas son muchas, sin embrago, como en un buen vino, pero describirlas hasta la minucia convertiría esta columna en algo mucho menos techie de lo que debe. En todo caso, el magnífico perfume de la Tierra recién bañada no anticipa cólera. Es festivo, incluso juguetón.

Luego está la electricidad en el aire. La euforia viene en oleadas, cada vez más intensas, al tiempo que el cuerpo siente una liberación estupenda cuando los hectopascales trepan de nuevo a valores confortables, después de varios días de agobio estival.

Entonces es probable que estallen los primeros relámpagos y sus truenos. Es la parte que más me gusta. Me quedo mirando y oyendo hasta que los primeros gruesos puñetazos de agua empiezan a caer sobre las baldosas hirvientes y la tierra reseca. No es imposible que, si el día ha sido muy caluroso, permanezca todavía un rato más. Sé que la atmósfera porteña es cualquier cosa menos limpia, pero hago caso omiso de ese dato (¿se puede ser feliz, a veces, sin hacer caso omiso?) y el primer chubasco sabe a bálsamo.

No porque sí, entonces, el lunes a la nochecita el olor a tierra mojada, la electricidad en el aire y las ráfagas frescas me impulsaron a la terraza. Me asombró que el cielo estuviera despejado hacia el Sur, pero tres pasos por la escalera me revelaron al monstruo, rojo de ira (rojo de verdad, pero por el atardecer), ominoso y arrollador, avanzando hacia mí tras haber conquistado el centro de la ciudad, que se puede vislumbrar desde mi casa. Unos mensajes de texto me confirmaron que allí ya diluviaba. El color enardecido del perfil de nubes que se recortaba claramente contra el cielo invitaban a la foto y, por supuesto, al tweet .

Tomas difíciles con la cámara de un celular, pero esa función que tiene el iPhone de ajustar la sensibilidad tocando la pantalla me resultó muy útil en esas complicadas condiciones. Es que empezaban a volar cosas alrededor. Adoro esos vientos locos. Saqué varias fotos mientras los relámpagos se acercaban y los truenos se volvían amenazantes. Algo en mi conciencia estaba dando la alarma: sonaban muy cerca.

Bajé un piso hasta el descanso de la escalera y, resguardado por una pared y con algunas mínimas gotitas cayendo sobre el display, me preparé para tuitear dos fotos. Entonces vi el fogonazo blanco y el barrio entero se sacudió como si fuera a hundirse en un abismo, como para astillar ventanas y descuajar goznes de aquí a la Antártida. Cuando volví al iPhone me costó mover pantallas. Pude pasar un par, pero al final se colgó. Tuve que hacer un reinicio por las malas, apretando el botón de menú y el de encendido al mismo tiempo hasta que apareció la manzanita. Para entonces, ya caía mucha agua y tuve que entrar.

Pero una frase me zumbaba en la cabeza: el cuelgue no fue casualidad . Y no, no lo era.

De hecho, ya había pasado por esto antes.
Noche de campo

El terreno abierto es un lugar terriblemente peligroso para observar estos espectáculos de la naturaleza. Nunca se ponga cerca de un árbol, creyendo que lo va a proteger; ocurrirá todo lo contrario. Un automóvil, en cambio, es un sitio seguro, siempre y cuando no toque ninguna parte metálica del vehículo.

Tres meses atrás, en una estancia cerca de Areco, presenciamos el avance de una de esas estrepitosas tormentas de primavera que duran poco, pero brillan y truenan mucho. Por la noche, mientras comíamos afuera, observaba el ejército de rayos fantasmales y silenciosos rodando desde el oeste hacia nosotros.

Imagínese. Era la primera vez que veía algo así. No lo pude evitar. Dejé la mesa y caminé en la noche hacia esa cordillera de nubes, electrocutada cada diez segundos por una enramada de relámpagos. Fue uno de los espectáculos más extraordinarios que he presenciado en mi vida, y el silencio lo volvía todavía más alucinatorio y ultraterreno.

Traté de hacer fotos, pero pocas cosas son tan difíciles como acertarle a un rayo. Cuando sonaron, lejanos, los primeros truenos, calculé que la tormenta estaría sobre la estancia en una media hora. Me equivoqué por quince minutos. Había apuro en el cielo.

Pero qué felicidad. Buscamos refugio y desde una galería antigua intenté tomar alguna foto, porque hacía años que no veía algo tan magnífico. ¡Estaba ahora justo sobre nosotros! Era un aguacero convencido, sólido, con su impredecible cabellera de luz y esa voz inconfundible de la atmósfera explotando con los ramalazos a 20.000 grados Celsius y 1 billón de Watts (sí, doce ceros).

Entonces un rayo tocó tierra con estrépito sobrecogedor, muy cerca, y dos cosas ocurrieron simultáneamente: se cortó la luz en toda la estancia y mi iPhone se colgó. Nunca se había colgado ni volvería a hacerlo, hasta el lunes último a la tardecita.
Es la estática, estúpido

Supuse que no había sido miedo a los truenos (no, ni siquiera un iPhone tiene emociones) y que la actividad eléctrica le había doblado el brazo, dejándolo en el limbo informático al que llamamos cuelgue . Pero es difícil -no imposible- probarlo. Necesitaré tiempo y más rayos, eso sí.

De momento, llamé a dos ingenieros que trabajan en empresas de celulares y los puse en un aprieto. No esperaban una consulta así.

Uno, amigo desde hace años, se rió y me dijo que me había convertido en todo un cazador de tormentas. "¡Ojalá! -le respondí- ¡Me encantaría!" Su explicación fue que la estática es tanta en el aire, si el rayo cae lo bastante cerca, que el microprocesador del teléfono puede interpretar los violentos cambios como una interrupción, "y como no sabe qué hacer con ella, bueno, se cuelga".

El otro, ingeniero electrónico, me respondió que lo que ocurrió con mi iPhone es realmente muy raro, pero que la posibilidad existe. "Asumamos que estabas muy cerca de la zona donde descargó el rayo y quedaste dentro del campo electromagnético que se produce, que es muy intenso. Es un ambiente extremadamente ruidoso que puede superar los límites del equipo y causar una interrupción anormal, que es interpretada como una excepción que no puede manejar." Eso cuelga un dispositivo digital.

También me dijo que los aparatos electrónicos se prueban contra estática y campos electromagnéticos por medio de "unas pistolas tipo Magiclick que disparan descargas de 300 Kilovolts". Se supone que el aparato tiene que soportar eso, pero un rayo excede cualquier cosa fabricada por el hombre. Por mucho.

Pero hay razones para pensar que, en efecto, mi pobre iPhone, obligado a seguir a su dueño hasta la orilla misma de las tempestades, sufrió un colapso electromagnético en, al menos, dos ocasiones. "Una vez -narró el ingeniero electrónico- estaba con una computadora al lado de una soldadora de arco, que también produce a su alrededor un fuerte campo electromagnético, y en un momento, durante la operación de la soldadora, la PC se reinició." Los smartphones son, como usted sabe, computadoras de bolsillo.

Leyendo sobre soldadoras de arco me vengo a enterar que pueden afectar también la operación de marcapasos a dos metros de la unidad de alimentación y a uno del punto de soldadura.

En fin, todo cierra, pero sólo tengo pruebas circunstanciales. Habrá otras tormentas, sin embargo, y ya saben que allí estaré. Si el iPhone vuelve a colgarse tendremos algo así como una verificación. Prometo no correr riesgos innecesarios.
Por Ariel Torres


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Etiquetas
miedo , tenia , tormentas , ¡phone

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